AHMED FOUAD ALKHATIB
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"El pueblo judío también tiene una conexión histórica con esta tierra y no se va a ir a ninguna parte"

AHMED FOUAD ALKHATIB

Treinta y uno. Ése es el número de miembros de mi familia que han muerto en Gaza desde el 7 de octubre. Treinta y uno, incluida mi dulce y sociable sobrina de 12 años, Farah; mi tío Riyad, que tenía inclinaciones cómicas; mi tía Zainab, a la que le encantaba dar de comer a todo el mundo; mi prima Heba, que era increíblemente amable a pesar de ser la persona más astuta que he conocido; mi tío Abdullah, un médico jubilado que ayudó a salvar cientos de vidas durante la Segunda Intifada en Rafah; y mi primo Yahya, con el que veía interminables dibujos animados de anime japonés cuando era niño mientras crecía en Gaza.

AHMED FOUAD ALKHATIB - CARTA ABIERTA

Temí este desenlace desde el momento en que oí la noticia del ataque de Hamás contra Israel aquel día. Me horrorizaron todos los aspectos de la masacre del 7 de octubre, incluida la glorificación del ataque, sobre todo por parte de activistas y de muchos en el bando pro Palestina que no se percataron de la calamidad de lo que acababa de ocurrir y de lo que estaba a punto de ocurrir.

Me horrorizó igualmente la implacable deshumanización de todos los gazatíes y palestinos y la descripción de éstos como terroristas sedientos de sangre que sólo quieren matar judíos.

Mis peores temores se hicieron realidad los días 13 y 25 de octubre y 14 de diciembre, cuando tres ataques aéreos distintos en la ciudad de Gaza y Rafah acabaron con la vida de muchos miembros de mi familia y destruyeron las dos casas de mi infancia.

Cuando un misil tras otro arrasó las comunidades y los edificios con los que yo había crecido, el barrio de Yarmouk en Gaza y el distrito de Brasil en Rafah, cobrándose las vidas de los que estaban dentro y alrededor, niños de tan sólo tres y cuatro meses y sus abuelos de setenta años.

Ver todo esto desde la seguridad de mi hogar en San Francisco, California, ha sido inmensamente doloroso. Los últimos siete meses han supuesto interminables noches sin dormir, llamadas de emergencia, falsas alarmas e intentos frenéticos de ayudar a localizar a familiares desaparecidos. Nunca hay tiempo para llorar o asimilar la magnitud de lo que se ha perdido.

Mientras se desarrollaba esta horrenda tragedia, la injusta matanza de miles de civiles que no tenían nada que ver con Hamás ni con la militancia, tuve que tomar una decisión. Podía hacer lo que hace la mayoría de la gente ante sucesos tan catastróficos y ceder al odio. O podía intentar salir de la trampa del odio mutuo que durante casi un siglo ha mantenido a palestinos e israelíes en un ciclo de incitación, violencia y venganza.

Estaba decidida a honrar la memoria de mi familia y mis seres queridos siguiendo un camino diferente hacia la reconciliación, la coexistencia y la paz, con la esperanza de inspirar a otras personas de ambos bandos a hacer lo mismo. No ha sido un camino fácil.

Crecí en la ciudad de Gaza, hijo de padres palestinos nacidos en Rafah, ciudad del sur de la Franja -sus propios padres habían huido de sus hogares en 1948-. Viví el final del imperfecto pero viable proceso de paz de Oslo en la década de 1990 y el ascenso gradual de Hamás al poder y al dominio de la sociedad y la política del territorio costero. Fue una época de inmensas esperanzas de una solución definitiva del conflicto.

Sin embargo, Hamás no sólo era un aguafiestas violento, sino que hacía proselitismo con saña contra el concepto mismo de paz, algo que recuerdo en campamentos de verano, escuelas, sermones de la oración del viernes, medios de comunicación en línea, manifestaciones y diversos lugares y puntos de venta que lavaban el cerebro a grandes segmentos de la sociedad palestina.

Muchos creen que Gaza era este lugar increíblemente horrible antes del 7 de octubre, una prisión implacable sin nada en ella por lo que mereciera la pena vivir. Concluyen entonces que el horrendo ataque de Hamás fue una reacción legítima a las políticas israelíes que hicieron de Gaza un campo de concentración. Pero esta perspectiva pasa por alto una verdad importante. No reconoce que, incluso con el polifacético bloqueo israelí, en vigor desde 2007, Gaza era un lugar hermoso que significaba mucho para sus habitantes y su gente.

Antes del 7 de octubre, Gaza sufría graves problemas: desempleo, aguas contaminadas, hacinamiento, guerras repetidas, perspectivas políticas limitadas y fanatismo religioso generalizado. Sin embargo, los parques, las playas, las tierras agrícolas, los restaurantes, los lugares de interés cultural y artístico, los centros de formación profesional, las viviendas y los barrios en expansión, las altas tasas de alfabetización, los centros educativos y médicos, la economía local y el enorme capital humano de Gaza hacían de la Franja un hogar precioso para los gazatíes y un lugar que merecía la pena conservar, mantener y proteger. Este fue el hogar en el que crecí.

Muchos son incapaces de comprender que, el 7 de octubre, Hamás echó todo esto por la borda de forma innecesaria y criminal como parte de los nefastos cálculos de unos líderes violentos y homicidas que sienten un desprecio y una indiferencia absolutos por el ciudadano palestino medio. La resistencia armada de Hamás y la propaganda que la acompaña no sólo le han fallado al pueblo palestino durante las últimas tres décadas, sino que también han fortalecido las voces radicales y antipalestinas dentro de Israel. Me horroriza que tantos políticos palestinos sigan siendo incapaces de condenar y criticar a Hamás como una fuerza despreciable para el mal y un regalo desastroso para la derecha israelí y su primer ministro, Binyamin Netanyahu.

Desde la década de 1990, Hamás ha conseguido lavar el cerebro a muchos para que crean que la paz es una cobardía traicionera que nunca tendrá éxito porque Israel no está intrínsecamente dispuesto a vivir con los palestinos. La narrativa de la resistencia ignora convenientemente cómo las guerras árabes del panarabismo de Gamal Nasser, las operaciones de guerrilla de la secular e izquierdista Organización para la Liberación de Palestina o el terrorismo islamista han fracasado acumulativamente en la obtención de un Estado palestino y, lo que es peor, han provocado más muertes palestinas y la pérdida de tierras. El 7 de octubre fue la culminación de esta narrativa. Su resultado ha sido una catástrofe para la población de Gaza.

Lo que anhelo y me desespera ver surgir es una narrativa palestina revitalizada que analice los últimos 75 años de fracasos y reconozca la necesidad de un cambio radical hacia la búsqueda pragmática de la paz.

Sí, el pueblo palestino ha sufrido inmensamente debido al proyecto sionista y al hecho de que la autodeterminación judía tuviera lugar en un territorio que ambos pueblos creen que es su patria ancestral. Al mismo tiempo, sin embargo, debe reconocerse que el pueblo judío también tiene una conexión histórica con esta tierra y que no se va a ir a ninguna parte, y que Israel puede existir junto a una nación palestina independiente y próspera.

Es importante destacar que el renacimiento de la causa palestina requerirá el reconocimiento de que el pueblo palestino es víctima de la retórica delirante y las promesas de sus horribles líderes y terribles aliados, que crearon la ilusión permanente de que toda Palestina puede ser liberada y que puede haber un pleno derecho de retorno a la Palestina histórica para todos los desplazados en las guerras de 1948.

Por supuesto, el pueblo palestino ha sufrido grandes injusticias a manos de Israel, desde la continua ocupación y colonización militar de Cisjordania hasta algunos de los temerarios ataques y bombardeos que se han cobrado tantas vidas en Gaza en los últimos siete meses. Pero hay que reconocer que Israel, como cualquier otro país, tiene necesidades legítimas de seguridad. Reconocer esto puede ser la base para obtener muchos nuevos derechos para los palestinos.

Exponer estas cuestiones en público no ha sido fácil. He recibido miles de amenazas, comentarios acosadores y mensajes airados. Desde el 7 de octubre, el afianzamiento de los discursos a favor de Palestina y a favor de Israel ha hecho casi imposible actuar en un punto intermedio y sostener varias verdades a la vez, sin negar la humanidad y los legítimos agravios de la otra parte.

La mera sugerencia de compromiso es suficiente para que muchos supuestos activistas y defensores pro Palestina se pongan frenéticos, tachando el pragmatismo de traición cobarde y de "venderse a los sionistas". Desde luego, no creo que sea antisemita criticar a Israel y a su gobierno, pero los eslóganes incendiarios y la retórica de odio -a menudo antisemita- se han convertido lamentablemente en una característica común de las protestas, el activismo universitario, el discurso en línea y las apariciones en los medios de comunicación, disminuyendo las perspectivas de un camino significativo hacia adelante.

No obstante, me siento alentado por los palestinos e israelíes que se han puesto en contacto conmigo. Para mí, como palestino, es crucial haber conseguido tender puentes con muchos israelíes y judíos, incluidos los que apoyan firmemente al Estado de Israel. Me sentí conmovido y animado tras conocer a supervivientes israelíes del 7 de octubre y a personas que perdieron a seres queridos, incluidas familias de rehenes e incluso una antigua rehén, Judith Raanan, que fue liberada de Gaza a principios de la guerra.

A pesar del inmenso sufrimiento de Judith y de la muerte de sus seres queridos en el kibutz Nahal Oz, de donde ella y su hija Natalie, de 18 años, fueron secuestradas, su capacidad de compasión y amabilidad hacia mí fue realmente inspiradora y me motivó aún más a reconocer la humanidad indiscutible e innegable de nuestros dos pueblos. En medio de toda la devastación y toda la pérdida, este es el sentimiento al que me aferraré como a una balsa salvavidas, que me permite seguir esperando que un futuro mejor pueda ser posible.

Ahmed Fouad Alkhatib es analista de Oriente Medio e investigador no residente del Atlantic Council.

La verdad de Oriente Próximo

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Tali
Tali
Hace 7 días

Muchas gracias por compartir tu corazón. Significa tanto recuperar el sueño y la visión de la paz. Saber que nosotros, personas de ambos bandos en este conflicto, nos reconocemos, reconocemos y respetamos mutuamente y estamos dispuestos a crear un futuro diferente. Que todos seamos libres del miedo. Con amor.


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